Volver

Volver

Para Gladys Petit.

“Yo adivino el parpadeo de las

luces que a lo lejos van marcando mi retorno…”

Carlos Gardel

 

 

Vuelvo a la casa de mi abuela, por primera vez en 20 años. A los lados de la casa hay árboles tupidos, debajo de ellos pastaban vacas que murieron. Las copas de los árboles se bambolean por el viento y sus copas despeinadas me dan la sensación de ser manos que se estiran, se acercan para estrecharse entre sí, como si fueran más que familia, amigos.

Sé que nadie me espera adentro, tengo las llaves en el bolsillo. Me quedaré el fin de semana para descansar. La casa de mi abuela tiene las paredes pintadas de un rosa pálido y las cortinas de encaje, los baños son grandes, especialmente el de la bañera donde me bañaba cuando era niña, cubriéndome de jabón espumoso, de juguetes y de su voz.

Mi abuela cantaba boleros y tangos con una voz apasionada y fuerte como un amante que nunca supo bien dirigir sus amores.  Mi abuela cantaba en la cocina y mientras me bañaba pero cuando mejor cantaba era cuando lo hacía a solas. Su voz era como la de nadie.

Pero sus canciones no las cantaba mi madre, a la inversa de toda posible herencia, mi madre cantaba want to break free de Queen, o Purple Rain de Prince; mi madre en vez de nostalgia sentía una gran necesidad de vivir, precisamente vivir su vida.

El romanticismo de las dos era distinto. Mi romanticismo llama al pasado, busca un sitio fijo al cual volver, pero la vida a veces parece que es solo un sitio para deambular.

Entro a casa, el portón está abierto, tal y como recordaba. La puerta principal está cerrada, igual como siempre; meto mi mano en el bolsillo, pero, no encuentro la llave. El viento amorosamente mueve las mismas copas de los árboles. La noche se despeja, y la luna ilumina todo, antes de volver al coche a buscar las llaves, una luz se enciende desde adentro.

Hago el gesto de meter mis manos en el bolsillo, como si un acto de magia las hiciera aparecer.

Las llaves están en el bolsillo.

Una voz intensa y vibrante llega desde la cocina. Contengo el aliento, y me muevo lento aunque quiero ir corriendo. Quiero abrazarla de nuevo. La veo de espaldas mientras cierra el horno, no pareciera que supiera que estoy aquí. La llamo pero de mi boca no sale ninguna voz.

Quisiera decirle tantas cosas, decirle que volví para quedarme con ella, que extraño su cariño, pero ella no querría saber eso. ¿Qué sé yo que querría saber ella?

—Mi amor, yo lo que quiero saber es si eres feliz —dijo mirándome.

—Sabías que estaba aquí

—¿Sigues sin poder dormir? —Antes de que yo pudiera responder sacó de su bolsillo una llave dorada, yo sólo podía mirar mientras se acercaba, otra vez sentí mi cuerpo paralizado.

—La primavera te espera, dijo, debes seguir, el camino es largo. —Sus manos tomaron mis manos. Eran cálidas, suaves, pusieron en las mías esa llave, que era pesada y reluciente. Era difícil sostenerla—. No la dejes caer ¡Sé fuerte!

Sonreí, mi idea de una mujer fuerte es ella, que sobrevivió la pérdida en un mundo donde no habían respuestas sino guerra y muerte; donde estaba sola, donde las mujeres sólo eran carne de cañón para tanta desgracia. Un mundo ya lejano.

Ella fue hacía atrás, encendió la radio.

—¿Qué significa esta llave?— pregunté.

—Que tienes que volver, —dijo firme, con esa mirada que movía montañas e intimidaba boxeadores.

La llave de pronto se volvió muy pesada, demasiado, con toda la fuerza de mi cuerpo la levantaba, y aún así no podía.

—No la dejes caer —dijo mirándome con intensidad.

La llave me llevaba al piso, caí de rodillas. El estruendo del golpe seco llenó la cocina, pero todavía la tenía en mis manos.

—¿Para qué sirve esta llave abuela? ¿Por qué pesa tanto?

—Tienes que ser fuerte —respondió.

Casi desfalleciendo, le dije —¿para qué tengo que ser fuerte?

—Porque tienes que vivir tu vida, la primavera te espera  —dijo remarcando estas últimas cuatro palabras. Mientras las pronunciaba sentí que me hundía y caía en una oscuridad luminosa.

Había amanecido, yo estaba envuelta en sábanas en el apartamento. Apuré una maleta con algunas de mis cosas, ropa, pinceles, pintura y lienzos. Subí al coche y fui por la M-30.

Vuelvo a la casa de mi abuela, por primera vez en 20 años.

Marlene M. Izquierdo Osorio

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