Goethe: El pescador

 

Hinchada el agua, espumajea,

mientras sentado el pescador

que algúnn pez muerda el anzuelo

plácido aguarda y bonachón.

De pronto la onda se rasga,

y de su seno—¡oh maravilla!—

toda mojada, una mujer

saca su grácil figurilla.

Y con voz rítmica le increpa:

—¿Por qué, valiéndote de mañas,

hombre cruel, tiras de mí

para que muera en esta playa?

¡Si tú supieras qué delicia

allá se goza bajo el agua,

tal como estas te arrojarías

al mar, dejando en paz la caña!

¿No ves al sol, no ves la luna

cómo en las ondas se recrean?

¿Doble de hermosos no parecen

cuando en las agujas se reflejan?

¿No te seduce el hondo cielo

cuando su azul, húmedo muesta?

Cuando este aljófar lo salpica,

¿del propio rostro no te prendas?

Hinchada el agua, espumajea,       

del pescador lame los pies;

siente el cuitado una nostalgia,

cual si a su amada viera fiel.

Cantaba un tanto la sirena,

todo pasó en un santiamén;

tiró ella de él, resbaló el hombre,

nunca más se dejó ver.

 

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